El sarampión es una enfermedad infecciosa causada por un virus altamente contagioso, que puede afectar tanto a niños como a adolescentes y adultos no vacunados. Aunque durante años su incidencia fue muy baja, la aparición reciente de brotes importados recuerda la importancia de mantener una adecuada cobertura vacunal y una detección precoz de los casos.
Los primeros síntomas suelen incluir fiebre, tos, secreción nasal y enrojecimiento de los ojos. A estos signos se suman el malestar general, dolores musculares, fotofobia y, de forma característica, la aparición de manchas de Koplik en el interior de la boca. Días después, aparece el exantema, un sarpullido que comienza en la cara y se extiende progresivamente al resto del cuerpo, incluidas palmas de las manos y plantas de los pies.
El diagnóstico debe ser realizado siempre por el pediatra. Ante la sospecha clínica, es fundamental consultar de manera precoz para iniciar las medidas de control y evitar la propagación de la enfermedad, especialmente entre personas no inmunizadas.
Aunque en muchos casos la evolución es favorable, el sarampión puede producir complicaciones. Las más habituales son la otitis media, la diarrea y la neumonía. En un número reducido de casos pueden aparecer complicaciones graves como la encefalitis, que suele manifestarse semanas después de la infección, o la panencefalitis esclerosante subaguda, una complicación muy poco frecuente que puede desarrollarse años más tarde.
El virus se transmite por el aire y puede permanecer activo hasta dos horas en el ambiente. Una persona puede ser contagiosa desde cuatro días antes hasta cuatro días después de la aparición del exantema, por lo que durante este periodo es esencial evitar el contacto con personas no vacunadas.
No existe un tratamiento específico contra el virus del sarampión. El manejo es sintomático, orientado a controlar la fiebre y el malestar general. Los antibióticos solo están indicados si se producen complicaciones bacterianas.
La vacunación es la herramienta más eficaz para prevenir el sarampión. La vacuna triple vírica se administra en dos dosis durante la infancia, a los 12 meses y entre los 3 y 4 años. También se recomienda la vacunación de adolescentes y adultos nacidos a partir de 1978 que no hayan pasado la enfermedad ni tengan constancia de haber recibido dos dosis. Mantener una alta cobertura vacunal es clave para proteger a la población infantil y evitar nuevos brotes.